Paz en los Establos

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Paz en los Establos

La soberanía del autor existió siempre. Lo que cambió es que ahora hay testigos.

Y los testigos necesitan un vocabulario.

Ese vocabulario no lo inventó el autor. Lo heredamos de una época que no conocía la red, que no conocía la exposición constante, que confundía el silencio con la dignidad. Palabras viejas sobre cuerpos nuevos.

En el centro de ese desajuste, la estructura colapsa sin ruido.

Una soberanía que reina sobre escombros. Donde el lector, en su humildad, solo recoge los fragmentos de un cristal que ya no refleja. El vacío es el único puente que queda en pie. Cruzarlo no cambia el vocabulario. Son los mismos fantasmas. Los mismos nombres para cosas que ya no existen de esa manera.

Mientras las almas se fabrican en una factoría de un suburbio de Bangladesh.

En tiempos de red pedir permiso es opcional y juzgar un derecho. Siempre que la herida esté acompañada de un pedigrí. La inquisición es bienvenida al espectro.

La herida no busca sanar. Busca compañía.

Y la red es el lugar más eficiente que existe para encontrarla. No porque conecte personas. Sino porque conecta fracturas que se reconocen entre sí y se llaman comunidad.

En algún momento quisiste poner tu cara en el lugar que te pertenecía.

Y algo, sin forma ni nombre, te detuvo.

El lenguaje se llenó de voces hasta que las propias dejaron de caber.

Y quedó el silencio. No el silencio limpio. El otro. El que habitan quienes sangran del alma.

Hay un momento en que el análisis termina.

No porque se hayan agotado las respuestas. Sino porque seguir analizando es otra forma de pedir permiso.

La cara en el lugar que te pertenece no necesita argumento.

Necesita que la pongas.

Lo que no se fabrica, no se reemplaza.